Directo o indirecto o ambos: la primera decisión
Ver la llama y querer apagarla ahí mismo. Es el instinto más natural del mundo, y también uno de los errores más frecuentes en el terreno: entrar directo hacia donde el fuego es visible, sin pararse a valorar si esa es realmente la posición correcta —o la más segura— para plantarle cara.
Porque combatir un incendio forestal no es solo cuestión de intensidad de medios, sino de una decisión previa que condiciona todo lo demás: ¿ataco la llama en el punto donde la tengo delante, o me retiro a una posición que yo elijo y dejo que el fuego venga a encontrarse con el obstáculo que he preparado? Esa es la diferencia entre ataque directo y ataque indirecto, y no es un matiz técnico menor: de esa decisión dependen la seguridad de los equipos de extinción, el uso eficiente de los recursos y, en última instancia, si el incendio queda contenido o si sigue ganando terreno.

La elección entre las dos opciones no responde a la costumbre o la comodidad. Se debería hacer con datos: velocidad de propagación, longitud de llama, topografía, viento, accesos. Y muchas veces la respuesta no es elegir una u otra, sino combinarlas: dividir el operativo en equipos que atacan directo donde el fuego lo permite y otros que, en paralelo, preparan una discontinuidad a mayor distancia del frente de llamas. Ataque directo e indirecto no son dos estilos intercambiables ni mutuamente excluyentes, sino enfoques que responden a condiciones distintas, a veces conviven en el mismo incendio, y confundirlos es uno de los riesgos más comunes en el operativo.
Viento, pendiente y combustible: lo que se debe valorar antes de decidir
Antes de hablar de maniobras, conviene mirar qué gobierna el comportamiento de un incendio forestal sobre el terreno. Actúan tres factores de propagación: el viento, la pendiente y el combustible disponible. Cuando estos factores se alinean, el fuego se comporta con mayor intensidad y velocidad; cuando no lo están, su comportamiento se reduce.
Ese comportamiento se traduce en dos variables que cualquier mando de extinción debería valorar antes de movilizar una sola unidad: la longitud de llama, como indicador de la intensidad, y la velocidad de propagación.
Ignorar este análisis conduce a una respuesta demasiado simple: atacar directamente la llama visible sin anticipar hacia dónde avanzará el frente ni comprobar si los medios desplegados pueden trabajar con eficacia y seguridad. Cuando el incendio supera esa capacidad, el fuego termina escapando a los intentos de contención.
Ambas variables permiten determinar si un frente se encuentra dentro o fuera de lo que se conoce como capacidad de extinción: la relación entre el comportamiento del fuego y la capacidad real de los recursos disponibles para intervenir.
Estar fuera de capacidad significa que la energía, la velocidad o la dinámica del incendio superan las posibilidades de actuación de los medios desplegados en ese lugar y momento. En esas condiciones, insistir en el ataque no aumenta la eficacia, sino que prolonga la exposición y eleva el riesgo de que el fuego supere, rodee o comprometa a los recursos.
La capacidad de extinción tampoco es constante. Puede cambiar por una variación del viento, una alineación con la pendiente, un aumento de la continuidad del combustible, la llegada de nuevos medios o la pérdida de una ventana de oportunidad. Por eso, analizarla no consiste únicamente en decidir si se puede atacar un frente, sino en identificar dónde, cuándo y con qué maniobra resulta posible intervenir con seguridad y eficacia. Este límite operativo, dinámico y condicionado por el contexto es el concepto central que atraviesa todo este artículo.
Ataque directo: trabajar sobre la propia llama
El ataque directo consiste en actuar físicamente sobre el borde del fuego, atacando alguno de los tres lados del triángulo del fuego: por ejemplo, sofocando (retirando el comburente) o enfriando, justo en el perímetro activo, deteniendo la llama en el mismo lugar donde se encuentra.
Es, históricamente, el método más antiguo y también el más intuitivo: se combate el fuego donde está. Se ejecuta con herramientas muy diversas según el tipo de comportamiento:
- Herramientas Manuales y Mecánicas —batefuegos, mochilas de agua, sopladores, o herramientas tipo Gorgui de Vallfirest, una multiherramienta pensada para combinar varias de estas funciones (corte, cava, sofocado) en una sola pieza, o las mochilas extintoras de Vallfirest, que permiten trabajar de forma autónoma con agua a presión sin depender de una manguera tendida.
- Línea de Agua, con tendido de mangueras o en extinción en marcha desde autobomba, alimentada mediante motobombas de Vallfirest en aspiración directa desde un punto de agua natural o portátil. Una lanza multifunción como las lanzas de Vallfirest permite alternar entre chorro pleno, chorro pulverizado y modo de protección sin cambiar de herramienta durante la misma maniobra.
- Unidades vehiculares, como los Skid Units de Vallfirest, transportados en Pick Ups, UPH o UPV que integran depósito y motobomba sobre un vehículo ligero para trabajar en extinción en marcha, o la Tactical Unit de Vallfirest, un módulo multifuncional e intercambiable que convierte el vehículo en un medio de extinción forestal completo.
- Medios Aéreos, aplicando agua o espuma directamente sobre la base de las llamas para rebajar intensidad y facilitar el trabajo de los equipos de tierra, mediante buckets como el Water Hog de Vallfirest, adaptable a cualquier helicóptero y con válvula de descarga variable para regular el volumen de agua en cada pasada.
- Maquinaria ligera y pesada, como la Dronster, robot multipropósito capaz de enfrentarse a longitudes de llama muy superiores —hasta 8 metros o más— gracias a su capacidad de eliminar combustible o sofocar con tierra a gran velocidad de avance.
En la práctica operativa, muchas veces estas herramientas se utilizan por separado, pero a veces, la situación requiere ganar en capacidad y velocidad o hacer frente a mayores intensidades del frente de llama y por ello, hay que dar el salto a un despliegue de maniobras de forma simultánea en el mismo sector: sumar y superponer distintas capacidades sobre un mismo flanco —herramientas manuales, línea de agua, medios aéreos. Esto es precisamente lo que en The Emergency Program (TEP) llaman maniobras combinadas, otro de los conceptos clave de este artículo. En la realidad, sin embargo, este es uno de los puntos más débiles del operativo: muchas organizaciones, por historia, por cultura interna o por cómo se conformaron, siguen recurriendo siempre a la misma herramienta con la que trabajaban en su origen, en un momento de la historia en que el escenario y los incendios han evolucionado. Hay que actualizarse y adaptarse a esos nuevos desafíos.
La eficacia de los medios aéreos en apoyo al ataque directo depende también de poder disponer de agua cerca de la zona de trabajo. Unidades como el Heliskid de Vallfirest —un depósito plegable de gran capacidad con motobomba integrada, helitransportable hasta puntos sin acceso rodado— o los tanques inflables de Vallfirest permiten habilitar puntos de agua temporales: se rellenan mediante descarga aérea (por ejemplo, con un bucket como el Water Hog) y después alimentan a presión las líneas de manguera para el ataque directo en tierra, sin depender de una autobomba desplazándose por pistas.
Entre las ventajas del ataque directo destaca que:
- Permite actuar directamente sobre las llamas y detener el avance del incendio en el momento mismo en que se ejecuta la maniobra.
- Limita la superficie quemada, porque se trabaja en el perímetro y no se sacrifica terreno.
- Ofrece una referencia visual clara del perímetro y de la zona ya extinguida, lo que facilita el control de la maniobra.
Su limitación, en cambio, no siempre está tan clara sobre el terreno como debería. En teoría, el ataque directo solo debería aplicarse dentro de la capacidad de extinción disponible: si la longitud de llama o la velocidad de propagación superan lo que la herramienta y el equipo pueden asumir con seguridad, la maniobra deja de ser viable. En la práctica, sin embargo, es habitual ver equipos de extinción posicionados en el frente de llama en condiciones que superan claramente esa capacidad —por costumbre, por presión operativa o porque nadie se ha detenido a calcularla. Esa distancia entre lo que dice la teoría y lo que ocurre sobre el terreno es, probablemente, el riesgo más importante asociado al ataque directo.

Ataque indirecto: anticiparse al fuego
Cuando un frente de llamas supera la capacidad de extinción disponible —por intensidad, por velocidad, o por ambas— la estrategia cambia de naturaleza: ya no se trata de sofocar la llama donde está, sino de buscar una nueva oportunidad de extinción, un punto del terreno donde sí sea posible posicionarse con seguridad y ejecutar una maniobra que ayude a detener el frente o, al menos, desacelerarlo y ganar capacidad. En el ataque indirecto no se trabaja sobre el fuego, sino por delante de él, a una distancia de seguridad, construyendo una discontinuidad de combustible para que sea el propio incendio el que se encuentre con un obstáculo ya preparado.
- Líneas de defensa mecanizadas, abiertas con maquinaria ligera o pesada, con herramientas manuales, o mediante el ensanche de pistas o caminos ya existentes, eliminando la vegetación en una franja de anchura suficiente para actuar como discontinuidad. La Dronster de Vallfirest, un robot multipropósito operado a distancia, permite abrir estas líneas en terrenos de difícil acceso o en condiciones de riesgo elevado para el personal, sin necesidad de exponer a un equipo de extinción en la franja de trabajo.
- Descargas de retardante de largo plazo desde medios aéreos, aplicadas con antelación en zonas altas o de menor pendiente, por delante del avance previsto del frente.
- Contrafuegos y quemas de ensanche (fuego técnico), en las que se elimina de forma controlada el combustible entre la línea de defensa y el frente principal, ampliando el margen de seguridad y regulando el comportamiento del incendio antes de que llegue. La ignición de estas quemas de apoyo se ejecuta con herramientas como la Antorxa (drip torch) de Vallfirest, que permite dosificar y controlar el goteo de combustible durante el encendido. El equipo de ignición trabaja siempre acompañado de herramientas de control —mochilas de agua o batefuegos de Vallfirest— para reforzar el margen de seguridad y contener la quema si su comportamiento se acelera más de lo previsto.
La ventaja del ataque indirecto está sobre todo en el margen que ofrece frente a la incertidumbre: no depende de acertar con exactitud dónde estará el frente en cada momento ni de calcular su comportamiento al segundo, sino de preparar una línea por la que, tarde o temprano, el fuego tendrá que pasar. Eso también permite ganar tiempo: mientras la línea se prepara, hay margen para reposicionar recursos, esperar a que el frente pierda alineación con el viento o la pendiente, o simplemente reevaluar la situación sin exponer al equipo al perímetro activo.
Su coste es igualmente real. Implica sacrificar superficie —el área entre la línea de defensa y el frente original arderá igualmente— y exige una gestión de la seguridad distinta, ya que el equipo trabaja a cierta distancia de un frente cuyo comportamiento puede cambiar antes de que llegue. A esto se suma un riesgo específico: los focos secundarios. Las pavesas pueden saltar la línea de defensa antes de que el frente principal la alcance, especialmente en incendios de alta intensidad, lo que obliga a vigilar también el terreno más allá de la línea, no solo el frente que se ve venir.
La diferencia que de verdad importa: el margen de seguridad
Más allá de la distancia física respecto a la llama, la diferencia de fondo entre ambas estrategias es la fuente de la seguridad del equipo de extinción.
En el ataque directo, la seguridad viene de trabajar junto a una zona ya quemada, que actúa como refugio natural. En el ataque indirecto, esa zona segura no existe todavía: hay que construirla, y hasta que la línea de defensa esté cerrada y el fuego la haya alcanzado, el equipo opera en un escenario de mayor incertidumbre. Por eso, en la práctica, muchas de las maniobras más avanzadas —como el fuego técnico de apoyo o las quemas de ensanche— existen precisamente para reducir esa incertidumbre antes de comprometer a los equipos.
No son dos enfoques opuestos, son un mismo continuo
Sería un error pensar que el ataque directo e indirecto son como dos escuelas tácticas enfrentadas. En el terreno, un mismo incendio puede requerir ambas metodologías de forma simultánea en distintas partes de su perímetro: ataque directo con herramientas manuales en la cola, mientras se prepara una quema de ensanche en una pista hacia la que avanza la cabeza del incendio; y en uno de los flancos se realiza una extinción en marcha, liquidando y asegurando el frente.
La decisión correcta no depende de una preferencia táctica, sino de una lectura correcta y constante del comportamiento del fuego: longitud de llama, velocidad de propagación y oportunidades. Esa lectura es lo que separa una maniobra eficaz de una maniobra fortuita, y es también la razón por la que la caja de herramientas del bombero forestal —desde el batefuegos más sencillo hasta la línea de agua de alta presión— es tan amplia: cada escenario exige un uso eficiente e inteligente de los múltiples recursos disponibles, ya sea trabajando sobre la propia llama o anticipándose a ella con una línea de defensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la diferencia principal entre ataque directo e indirecto?
El ataque directo actúa sobre la propia llama, en el perímetro activo del incendio. El ataque indirecto actúa a distancia de la llama, construyendo una línea de discontinuidad por delante del frente para detenerlo —o desacelerarlo— cuando llegue.
¿Cuándo se usa el ataque indirecto en lugar del directo?
Cuando la longitud de llama o la velocidad de propagación superan la capacidad de extinción segura de los recursos disponibles, o cuando el terreno no permite un acceso seguro hasta el frente de llamas.
¿El ataque directo es siempre más rápido que el indirecto?
No necesariamente. El ataque directo suele ganar en rapidez cuando está dentro de capacidad de extinción, porque no sacrifica superficie ni requiere construir una línea nueva. Pero fuera de esa capacidad, no siempre gana el indirecto por defecto: dentro del ataque indirecto hay métodos muy distintos en cuanto a velocidad de ejecución. Una línea de defensa abierta a mano puede ser mucho más lenta que una maniobra de fuego técnico a distancia (contrafuego o quema de ensanche), la cual en determinadas condiciones de viento y combustible puede resolver un flanco entero en minutos. La pregunta correcta no es tanto "¿cuál es más rápido?", sino qué método —dentro de cada opción— se ajusta mejor a la velocidad de propagación del frente, a los recursos disponibles y a la seguridad.
¿Se pueden combinar ambas estrategias en el mismo incendio?
Sí, y es lo habitual en incendios de cierta envergadura: distintos flancos o partes de un mismo perímetro pueden requerir estrategias distintas según su comportamiento particular en cada momento.
Artículo redactado con el apoyo de TEP.