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Calor, incendios y sequías, dejamos atrás un invierno atípico

La Base de Esperanza, en la Antártida, registró máximas de 18ºC en febrero

El fuego es una parte natural del proceso de regeneración y renovación de los ecosistemas, sin embargo, cualquier cambio significativo en el clima puede afectar drásticamente este balance natural, resultando en incendios forestales de gran índole y alcance inesperado.

El inicio del año 2020 se ha caracterizado por un incremento de las temperaturas en todo el planeta, tanto en superficie terrestre como oceánica. Calentamiento que ha registrado cifras récord en cada continente, sin excepción.

Durante los meses de diciembre a febrero, el hemisferio norte registró las temperaturas más altas de los últimos 141 años en estación invernal.

En una escala más pequeña, Norteamérica tuvo su 16º enero más cálido de los últimos 111 años, Reino Unido, el 6º desde el inicio de los registros en 1884. Finlandia el segundo desde 1925. Las temperaturas en Rusia fueron 5ºC superiores a la media, convirtiéndolo en el segundo enero más caluroso desde que se tienen registros.

 

 

Estas anomalías siguieron produciéndose durante el mes de febrero en todo el mundo. Incluso en la Antártida, donde por primera vez en la história se llegó a los 18ºC en la Base de Esperanza. En el Caribe, se alcanzaron máximas de 30ºC.

En general, la mayoría de países en Europa sufrieron su segundo mes de febrero más caluroso, solo por detrás del invierno de 1990, y algunos batieron récord de temperaturas. Es el caso de España, que atestiguó las temperaturas más altas desde el inicio de los registros en 1965, 4ºC superiores a la media.

 

 

Este cambio de paradigma conlleva consecuencias evidentes sobre la fauna y la flora, que se prepara para un escenario que favorece el avance de la temporada de incendios y su rápida propagación por disponibilidad de combustible. Así, el 14 de febrero se produjo el primer incendio en Córcega, que, avivado por vientos de 219 kilómetros por hora (según informaciones del servicio Météo France), obligó a confinar a más de 200 personas y arrasó 4.600 hectáreas. 

 

 

El 20 de febrero se produjo otro incendio en Canarias, con un alcance de 300 hectáreas. Y más recientemente, a mediados de Marzo, un incendio forestal asoló la región de Los Guájares, en Granada, calcinando 140 hectáreas y poniendo en jaque a los servicios de emergencias, ya de por sí sobrecargados por la crisis del Coronavirus.

 

 

Las anomalías climáticas y su afectación sobre la flora, no solo se han producido en el hemisferio norte. En enero, las autoridades de gestión forestal en Chile alertaban de un cambio de color en la vegetación del área protegida de La Campana; el follaje rojizo de los árboles, avistado en imágenes satelitales, confirmaban que la vegetación había cruzado el umbral entre un comportamiento normal y el que presenta frente a la megasequía. Chile empezó a secarse en junio, en especial el bosque esclerófilo, siempre verde, y el matorral, pero en enero la aridez se agudizó, presentando irregularidades también en el bosque caducifolio, afectado por el estrés hídrico. 

Australia tuvo su 10º mes de febrero más cálido, situación que dificultó las tareas de extinción de lo que fue una de las peores temporadas de incendios de su história. Estas anomalías, combinadas con fuertes vientos, actuaron como grandes aceleradores y disruptores de los ecosistemas. Una letal combinación que afectó los paisajes secos de Australia, donde el riesgo de grandes incendios forestales ha incrementado significativamente en los últimos años.

 

 

La región del África subsahariana ardió en largas extensiones, por múltiples incendios simultáneos originados principalmente por el sector de la minería, la agricultura extensiva o la expansión de la red de carreteras. Representó, en el inicio del año, el 70% de la superficie quemada en todo el mundo, según la Agencia Espacial Europea. Global Forest Watch Fires afirma claramente que en la zona que va desde Sudán del sur hasta el oeste de África, los incendios son cada vez más comunes.

 

 

La deforestación, el cambio climático y el riesgo de incendios forestales son fenómenos interconectados. Los incendios emiten constantemente gases de efecto invernadero sobre la atmósfera, que a su vez, contribuyen al alza de las temperaturas, y la regeneración del ciclo de fuegos. Greenpeace afirmó que alrededor de 8 biliones de toneladas de CO2 se desprenden de los incendios cada año.

El cambio climático está alterando las estaciones meteorológicas. Los inviernos son cada vez más secos, llegando a la primavera con bosques cargados de combustible y dificultando la gestión forestal. Un escenario cada vez más propenso a la generación de incendios y su rápida propagación. Debemos estar preparados para enfrentar lo que está por llegar.